Durante la Segunda Guerra Mundial, el servicio militar de Estados Unidos solicitó la ayuda de un grupo de estadísticos para analizar los datos recabados durante el conflicto y asesorar sobre la mejor estrategia para reforzar sus aviones(1). Dentro de este grupo asesor, se encontraba el Dr. Abraham Wald, reconocido estadístico austríaco. Al examinar los aviones que retornaban de combate, Wald notó que los principales sitios de impacto de las balas eran en alas, cola, nariz y fuselaje (figura 1). La conclusión que se desprendía de forma natural era que el refuerzo en estos aviones debería concentrarse en estos sitios, que recibían la mayor cantidad de impactos. Sin embargo, esa conclusión iba en sentido opuesto a la creencia de Wald. El método para definir los sectores a reforzar en estos aviones, conllevaba la limitación de usar solo los datos provenientes de aquellos que lograron retornar. Lo que pudieron concluir, era que los aviones que recibían impactos de bala en nariz, alas, fuselaje y cola lograban retornar a casa. Por lo tanto, el refuerzo debía colocarse en aquellas zonas en las que no había impactos de bala (como en el motor). A partir de ese momento, se plasma un concepto clave en la vida diaria y en el análisis crítico de trabajos científicos, el sesgo de supervivencia.
Vivir para contarlo
Resumen
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